Y ciencia y profesionalización

La imagen de la entrada es el cuadro denominado «Alegoría del Buen Gobierno», obra del pintor Ambroggio Lorenzetti, que según esta nota, «nos recuerda el aspecto cualitativo central en la tarea de gobernar, caro a la política y disciplinas vinculadas. Arte en tiempos del “Gobierno de Nueve”, orden previo a la Gran Peste de 1348, denotaba el valor que tal “buen gobernar” mantenía en la época….Diría Paolo Colombo, “la figura central del gobernante está circundada por las virtudes cívicas e induce a las muchas almas a la unidad y estas acciones se convierten en Bien Común”. Surgía, en clave del medievo, la idea ya clara en Platón y Aristóteles: gobierno desviado, arbitrario y hasta cruel, de un lado, y gobierno recto, justo, tolerante y virtuoso, bajo la sabiduría y el bien común y orientado al ciudadano, del otro.

Curiosa parábola ésa, al unir visiones gubernamentales Antiguas y Medievales. Remarquemos que no sería la única, entre muchas. Casi cinco siglos después, otros reflexionarían sobre los atributos del gobierno y gobernantes. Y allí, a inicios del siglo XIX, Saint Simon nos asombrará postulando lo que denominó Gobierno “científico”. El célebre pensador invitaba a superar la práctica o ejercicio del gobierno como dominio o poder sobre los hombres por la idea de administración de las cosas. Idea rica y equivalente a sustituir la política como campo de imposición de autoridad sobre los conflictos, por la de atención a los problemas concretos del desarrollo societal o gestión efectiva de la res publica.

El mencionado gobierno científico, que vuelve a traer la cuestión del “gobierno de los mejores” o “de los sabios” o “más aptos”, se construía con varias Cámaras conteniendo los elementos que lo aseguraran: una para el impulso o diseño, otra para la revisión y la última para la ejecución. Implicancia de esa visión “científica”, es el rechazo a la improvisación y el respeto a procesos y técnicas para realizar tal gestión, sujeta a la obtención de resultados acorde a fines. Gobernar implica técnicas y estadísticas para ello, embebidas de eficacia y eficiencia, motores de la administración pública». Por eso es importante contar con personas honestas y capaces, así como la ayuda de las distintas ciencias y profesionales bien formados (1) en el diseño, implementación y evaluación de las políticas públicas (2).

En una entrevista que le hace el diario La Nación al físico Carlo Rovelli, entre otras cosas dice: «hay una creciente curiosidad sobre la ciencia. Fui el primero en sorprenderme por la cantidad de personas que leen o leyeron mis libros. Pero también existe un malentendido general sobre la ciencia en las sociedades modernas, a lo que se suma una desconfianza hacia los científicos que, creo, es peligrosa. La ciencia ciertamente no puede resolver todos nuestros problemas pero ignorar su aporte en las principales decisiones políticas y sociales, como lo están haciendo varias sociedades, es una receta para el desastre.» (3)

Sobre la relación entre ciencia y profesionalización en su relación con las políticas públicas es interesante el caso de Francia. En el libro «Napoleón Bonaparte, una biografia íntima», de Vincent Cronin, en el Capítulo 12: «El primer Cónsul», entre otras cosas expresa las características de las reuniones del Consejo de Estado. «Durante los primeros meses del Consulado todos los días, después varios días por semana, Napoleón ocupaba una silla de brazos, flanqueado por Cambacérés y Lebrun, sobre una plataforma elevada, y frente a los consejeros, que ocupaban una mesa en forma de herradura revestida de paño verde. La mayoría de los consejeros estaba integrada por civiles, y cada uno era un especialista en determinada área. De los veintinueve originales, sólo cuatro eran oficiales, y aunque la tarea de los Consejos era redactar leyes y decretos, sólo diez eran abogados. Habían sido elegidos por Napoleón en todos los rincones de Francia, y se los había juzgado únicamente por su capacidad.

La característica más importante del Consejo era que los miembros hablaban sentados. «Un miembro nuevo —dice el consejero Pelet—, que había conquistado prestigio en las Asambleas, trató de ponerse de pie y hablar como un orador; se rieron de él, y tuvo que adoptar un estilo usual de conversación. En el Consejo era imposible disimular la falta de idea con alardes de elocuencia». Cuando se presentaba un problema al Consejo, Napoleón permitía que los miembros hablasen libremente, y formulaba su propia opinión sólo cuando la discusión estaba muy avanzada. Si no sabía nada del tema, lo decía y pedía a un experto que definiese los términos técnicos Las dos preguntas que formulaba con más frecuencia eran: «¿Es justo?» y «¿Es útil?». También preguntaba «¿Está completo? ¿Tiene en cuenta todas las circunstancias? ¿Cómo fue antes? ¿En Roma, en Francia? ¿Cómo es en el exterior?». Si tenía opinión negativa de un proyecto, afirmaba que era «singular» o «extraordinario», con lo cual quería decir sin precedentes, pues como dijo al consejero Mollien, «no temo buscar ejemplos y normas en el pasado; me propongo mantener las innovaciones útiles de la Revolución, pero no abandonar las instituciones beneficiosas si su destrucción representó un error». «A partir del hecho de que el primer cónsul siempre presidía el Consejo de Estado —dice el conde de Plancy—, algunas personas han supuesto que era un cuerpo servil y que obedecía en todo a Napoleón. Por el contrario, puedo afirmar que los hombres más esclarecidos de Francia… deliberaban allí en un ambiente de total libertad, y que jamás, nada limitó sus discusiones. Bonaparte estaba mucho más interesado en aprovechar el saber de estos hombres que en escudriñar sus opiniones políticas».

El pasaje de «primer cónsul» a «Emperador», producto de una ambición de poder sin limite (por lo tanto «ir por todo» no sólo en su país) y no escuchar a consejeros lúcidoscomo Charles Maurice de Talleyrand, hizo que «terminara mal«. Sin embargo, un poco más de un siglo después, el enfoque meritocrático de Napoleón aplicado al estado, fue retomado por Charles De Gaulle fundando en 1945 la Escuela Nacional de Administración. En esta nota se explican sus características actuales y la posibilidad de que la cierren por no lograr la finalidad de una socialdemocratización de los funcionarios que puedan manejar mejor situaciones como la que generó el fenómeno de los «chalecos amarillos«

Siguiendo con Francia se desea finalizar esta nota comentando el capítulo 3 («el economista en la sociedad»), del libro «La Economía del Bien Común», de Jean Tirole, Premio Nobel de Economía del año 2014, cuyo enfoque general hemos comentado en otra nota. En las páginas 83 y 84 expresa «pero los científicos, como colectivo, tienen también la obligación de hacer que el mundo sea mejor; en consecuencia no deben desentenderse de la cosa pública por principio. Los economistas deben, por ejemplo, contribuir a mejorar la regulación sectorial, financiera, bancaria y medio ambiental, el derecho a la competencia; deben mejorar nuestras políticas monetarias y fiscales; deben reflexionar sobre la construcción de Europa, pensar en cómo vencer la pobreza en los países subdesarrollados, hacer que las políticas de sanidad y educación sean más eficaces y justas, prever la evolución de las desigualdades, etc. Y deben participar en las sesiones parlamentarias, interactuar con el poder ejecutivo, tomar parte en comisiones técnicas» (4). Luego en el resto del capítulo analiza las principales características, riesgos y posibilidades de esta interacción.

También estos profesionales deben poder articular el corto plazo («lo urgente») con el mediano y largo plazo. Un caso muy interesante es el de John M. Keynes quien, entre sus múltiples aportes, supo ver que el Tratado de Versalles iba a tener un resultado contraproducente con Alemania (luego de la Primera Guerra Mundial), y qué instituciones internacionales habría que crear luego de la Segunda Guerra Mundial (se le hizo caso parcial a sus consejos), pero a la vez planteó muy frontalmente lo que había que hacer en el muy corto plazo con el paro y gran caída del empleo derivada de la crisis de 1929/30. Es decir supo que no hay largo plazo («donde estamos todos muertos») sino superamos el corto plazo. A la vez la visión de mediano y largo plazo (y las estrategias y posibles medidas) son fundamentales para no quedar atrapados en la coyuntura y estar a la deriva en cuanto al rumbo que se considera hay que transitar. No es fácil, pero es muy importante esta articulación.

Un párrafo aparte es si la experiencia profesional en el sector privado es fundamental para actuar en el sector público. En una nota de Gustavo González en el diario Perfil dice: «Un país no es una empresa». Hace unos años, Paul Krugman tituló de esa forma un artículo no tan difundido en la Harvard Business Review. Lo explicaba de este modo: «Así como lo que los estudiantes aprenden en las clases de economía no les servirá para echar a andar un negocio, tampoco lo que los empresarios aprenden operando una empresa les ayudará en formular políticas económicas». Para Krugman, el trabajo de un trader de un fondo de inversión consiste en ganar dinero, no en crear empleo. Ni siquiera en desarrollar empresas duraderas, sino en obtener el máximo rendimiento posible para sus inversores. Su teoría es que las experiencias del mundo privado no tienen por qué servir en la esfera pública y, muchas veces, resultan contraproducentes. El funcionario necesita una formación especial«.

En cuanto a «la formación especial» tal vez la misma debería incorporar los siguientes elementos:

– promover una actitud de humildad para encarar los problemas y su resolución, y asumir su complejidad, para lo cual son importantes distintas miradas que se articulen en el proceso decisorio,
– capacidad de revisión crítica en el análisis de los resultados y poder revisar entonces los procesos,
– asumir que la política es la posibilidad de resolver «bien» (o sea teniendo en cuenta los distintos aspectos y con una mirada de mediano y largo plazo para que sean sostenibles en el tiempo) los conflictos que se presentan ante distintos problemas,
– poder reconocer problemas, donde aparentemente no los hay o «no los queremos ver»: desde las villas de emergencia hasta que -en algún lugar de este mundo globalizado- haya personas que trafican y comen animales sin la adecuada sanidad y cuidado. Por el «efecto mariposa» ello puede constituirse en un grave problema para el resto de la humanidad. Esto nos conduce a un abordaje diferente de la globalización.
– en la literatura norteamericana se menciona muy a menudo que, cuando se ganan las elecciones, se dice «asume una nueva administración». Esta administración es para gestionar con eficacia (logro de los objetivos), eficiencia (mínimo costo), equidad, transparencia….entre las principales cualidades. Sino los problemas no se resuelven bien.
Un buen ejemplo en Argentina de la formación profesional, está relacionado con el comentario que realiza más abajo Enrique I. Groisman. Para más detalles del mismo se puede ver este video.

Podríamos concluir que no es garantía «absoluta» (en línea con la imagen de la entrada) que los científicos y profesionales bien formados para actuar en el estado tengan una relación armónica y exitosa con la política en general, y las políticas públicas en particular, dados los contextos cambiantes y las incertidumbres, pero coincidiremos que con ignorantes no nos irá mejor en su implementación (5).

(1) Podríamos agregar que además deben ser honestos, con capacidad crítica para evaluar lo que hacen, con apertura y diálogo con otros enfoques y  opiniones (dado que, muchas veces, lo que dice el manual no se corresponde con el caso particular), sensibles y activos para resolver la cuestión de los excluidos del sistema, con una visión de largo plazo (en especial hacia un cambio profundo) y muy prácticos («con calle») o concretos en la aplicación de los conocimientos. Todo esto no es fácil de conseguir, como lo demuestra la historia argentina, entre otras. 

(2) Sobre la evaluación de políticas públicas basadas en la evidencia es interesante este aporte institucional.

(3) En esa misma dirección va esta nota de Eduardo Fidanza, en el contexto de la pandemia del Covid-19.

(4) Una síntesis se plantea al final de este video. Esta propuesta es mucho más amplia y plural de la que existe en EE.UU. En el caso de la relación entre meritocracia y democracia en el modelo chino se puede ver este link.

(5) Entre las valiosas iniciativas de formación podemos destacar la del CIAS en lo relativo a «líderes positivos». También esta.

 

Prevención con el Gran Hermano

La hermandad o la fraternidad es algo bueno (1) cuando se la reconoce como una expresión de la igualdad entre los seres humanos y se la transforma en la práctica en una forma de amor, como es el caso de la amistadSin embargo la expresión «gran hermano» que, en años recientes se la asocia a programas televisivos con ese nombre, tiene un significado y un derrotero distinto.

Zygmunt Bauman, en su libro «La Sociedad Sitiada» (Ed. FCE, 2004), de la página 79 en adelante, rastrea los distintos pensadores que plantearon la cuestión de la emancipación, tanto del pensamiento político en general, como lo relacionado con el estado. Allí aparecen, entre otros,  Jeremy Bentham (y su panóptico) y su expresión en Michel Foucault, o las representaciones distópicas del futuro de Georges Orwell y Aldous Huxley. De allí pasa a «la nueva encarnación del Gran Hermano» a partir de las series televisivas y películas alusivas a este título.

En una nota de María Fernanda Mugica, en la Revista La Nación del 8/7/2018, expresa que «veinte años después de su estreno (en junio de 1998 en los EE.UU; en octubre de ese año en la Argentina), The Truman Show sigue siendo valorada como una gran película y admirada como oráculo. Su legado incluye la consagración dramática de Jim Carrey, la predicción del auge de los reality shows y del fin de la privacidad. También sirvió para bautizar a un trastorno mental que afecta a personas que piensan que son los protagonistas de un reality show creado para entretenimiento de otros y quieren escapar de esa situación imaginaria…La privacidad se fue devaluando a medida que los reality shows se convertían en un fenómeno exitosísimo y terminó de destruirse como concepto con la aparición de las redes sociales en las que, voluntariamente, millones de personas exponen sus cuerpos, a sus hijos y a sus mascotas. Ficciones como las que narra la serie Black Mirror se ocupan ahora de pensar y advertir sobre el futuro que nos espera, tal como lo hizo Truman, aunque con mayor conciencia de que hasta lo más extremo puede llegar a suceder. Porque ya sucedió».

Más adelante dice: «Con una vuelta de tuerca de una oscuridad apabullante, el episodio «White Bear» de Black Mirror retoma esta advertencia de The Truman Show, pero la adapta a estos tiempos. La serie británica de antología se centra en las (en general negativas) repercusiones que la tecnología de consumo masivo tiene en la vida actual. El espejo negro del título se refiere a la pantalla del teléfono, la computadora, la tableta o el televisor, que nos devuelve nuestra imagen envuelta en la oscuridad… En una análisis de Black Mirror publicado en la revista New Yorker, Troy Patterson propone clasificar a la serie como una «cacotopía». Según el autor, algunos académicos indican que la cacotopía es una distopía, pero que se concentra específicamente en el declive moral de una sociedad. Los conflictos morales que planteaba The Truman Show en 1998 se fueron acentuando, especialmente después del 9/11. La esperanza es que dentro 20 años Black Mirror sea recordada como una muy buena serie, paranoica, pero no profética».

Esta temática, de alguna manera y vinculada a las redes sociales, ya la abordamos en esta nota y del minuto 21 en adelante de este video, pero podríamos extenderla a toda forma de poder que busca controlar, influir y -a veces- determinar la conducta humana con fines de dominación. Los enfoques y prácticas neoliberales lo que hacen es vehiculalizar esto en el sistema capitalista contemporáneo, del mismo modo que los gobiernos autocráticos o totalitarios para eternizarse en el poder. Ponerle límites a estos poderes, con una gran participación ciudadana y de involucramiento de los distintos gobiernos democráticos, organizaciones sociales, partidos políticos, cultos, y otras expresiones de la cultura, cuidar nuestros datos y nuestra privacidad, ser conscientes de los riesgos de la inteligencia artificial utilizada sin escrúpulos y su autonomización sin códigos de ética, son algunos de los aspectos mínimos a tener en cuenta. Podemos agregar que, al final de este reportaje, hay un mensaje esperanzador.

Promover un cambio profundo de la cultura, que conlleve cambiar la naturaleza del poder (y por lo tanto el tipo de móviles y vínculos humanos), será la solución de fondo que nos conduzca progresivamente a un sentido de la vida que busque una verdadera fraternidad y no el dominio. Es muy difícil, pero ello nos conducirá a un mundo mejor.

(1) en las interpretaciones religiosas conlleva a que somos hermanos/as porque reconocemos que hay un padre común (Dios, o en el caso del judaísmo Abraham). Para profundizar en este concepto desde el psicoanálisis se puede ver el excelente libro de Luis Kancyper, «El complejo fraterno. Estudio psicoanalítico», Ed. Lumen Tercer Milenio, Buenos Aires, 2004.

¿Impotentes, Escépticos o Constructores Esperanzados?

En una nota del diario La Vanguardia, Zygmunt Bauman, entre otras cuestiones expresa: «hoy hay una enorme cantidad de gente que quiere el cambio, que tiene ideas de cómo hacer el mundo mejor no sólo para ellos sino también para los demás, más hospitalario. Pero en la sociedad contemporánea, en la que somos más libres que nunca antes, a la vez somos también más impotentes que en ningún otro momento de la historia. Todos sentimos la desagradable experiencia de ser incapaces de cambiar nada. Somos un conjunto de individuos con buenas intenciones, pero que entre sus intenciones y diseños y la realidad hay mucha distancia. Todos sufrimos ahora más que en cualquier otro momento la falta absoluta de agentes, de instituciones colectivas capaces de actuar efectivamente”.

A pesar de la frase de este pensador, su historia personal ha sido de un cambio «para mejor«. También hay cuestiones a nivel macro o mundial que han sido para mejor, como la disminución de la pobreza y la ampliación de derechos. Sin duda todo ello coexiste con un mundo preocupante, con el incremento de la desigualdad y los riesgos derivados de una carrera armamentista y un acelerado cambio tecnológico y climático.

Sin embargo, el mayor riesgo para un cambio profundo es que las personas que operamos como agentes no actuemos con la sabiduría como la que señala Lao Tse en la imagen de la entrada (o de las distintas religiones y corrientes sapienciales), y no seamos lo suficientemente hábiles para trasladarlo a «instituciones colectivas capaces de actuar efectivamente».

Hay motivos para ser escépticos, y que la amenaza y el miedo como forma de convivencia predomine y nos lleve a un final apocalíptico, dado que no direccionamos nuestra energía para el mutuo cuidado y del medio ambiente, sino como dominio de unos sobre los otros. Está en cada uno decidir si el escepticismo se transformará en cinismo y parálisis, o si persistirá la búsqueda (con aciertos y errores) de una construcción esperanzada de un mundo mejor en nuestros vínculos más cercanos así como en la cultura, la economía, la sociedad y la política.

 

La Sustancia y la Forma

El concepto de sustancia (o substancia), según este glosario de filosofía, «procede del latino «substantia» que es, a su vez la traducción del griego «ousía». Su significado más general es el de «fundamento» de la realidad (significado que adquiere ya de forma clara con Aristóteles) «lo que está debajo», lo que «permanece» (podríamos agregar «la esencia») bajo los fenómenos, lo «subsistente». Pues, en cuanto tal, la sustancia es ante todo sujeto, lo que tiene su ser en sí, y no en otro, sirviendo por lo tanto de sustrato en el que «inhiren» o se instalan los accidentes, las formas de ser que no son sujeto, sino que se dan en un sujeto (en la sustancia)».

Según la fuente que venimos de mencionar, tanto para Platón como para Aristóteles, la forma es también la esencia del objeto. Pero «los filósofos escolásticos distinguirán varias clases de «formas» (artificiales, naturales, sustanciales, accidentales), llegando incluso a admitir la existencia de formas separadas o «puras». Con el descrédito del aristotelismo, y a partir de la revolución científica del Renacimiento, el término caerá en desuso».

En esta nota tomaremos el enfoque de los escolásticos sobre lo que es la forma, y lo relacionaremos con lo que Galeano -en la imagen de la entrada- denomina «el envase». Esto significa que nos guiamos por las apariencias, por lo que vemos superficialmente y no podemos (a veces, no queremos) discernir sobre la importancia de la esencia o sustancia. Esto último requiere, además de conocimiento, sabiduría en cuanto a la esencia del «¿qué? y poder respondernos el «¿para qué? o el sentido de nuestros conocimientos y acciones.

Lo anterior hay que ponerlo en un contexto de época que Bauman ha denominado modernidad líquidaGilles Lipovetsky la caracteriza como hiperindividualista, Sartori la enfatizó en el homo videns a través de la televisión que hoy se ha reconfigurado a los distintos dispositivos que fluyen en internet, particularmente en las redes. Sobre esto último se ha referido Nicholas Carr y su impacto en nuestro cerebro (potenciando «la superficialidad»). Todo esto convive contemporáneamente con cuestiones ancestrales como los mitos. Según esta fuente, «toda cultura alberga una tradición mítica. Según Georges Dumézil: “un país sin leyendas se moriría de frío. Un pueblo sin mitos está muerto”.

Si acordamos que todo lo que venimos de mencionar tiene relevancia, vamos a tomar algunos ejemplos de su utilización en el caso argentino. Por un lado a veces la apariencia o el envase tiene una connotación trascendente (casi mítica), vinculada con una mística patriótica, como es la reivindicación de la soberanía de Malvinas, que -en la última dictadura militar- fue utilizada en esencia para que la misma pudiera mantenerse en el poder indefinidamente. Esto viene sucediendo no sólo en las dictaduras sino también en corrientes de fuerzas populares que sólo se focalizan en conquistar y mantenerse en el poder del Estado.

En el otro extremo se desvaloriza lo mítico y lo místico en cuanto a enfoque y discurso, y se explota la superficialidad, el individualismo y aspectos banales y sensibles del electorado para manipularlos políticamente. Según algunas notas periodísticas este enfoque se estaría aplicando en la formación de líderes políticos de un partido. En el caso de otros ni siquiera se hace ningún tipo de formación o debate sustantivo (son meras cáscaras electorales).

Se considera que es importante tomar conciencia de esta problemática. En línea con lo que planteaban Platón y Aristóteles, en cuanto a que la sustancia o esencia tenga las formas -en este caso entendidas como actos o procedimientos- adecuados que sean coherentes con las primeras sin ninguna disociación, pero remarcando que es necesario y deseable que este alineamiento entre unas y otras nos lleve a un mundo mejor.

 

La cuestión nacional

La cuestión nacional, tiene su origen cuando los pueblos -en base a determinadas características comunes- buscan formar estados independientes que, en principio, se plantean un futuro en común. El politólgo Benedict Anderson las denomina «comunidades imaginadas«.

Luego del desmembramiento del imperio romano, se fueron gestando -bajo el feudalismo- distintas unidades territoriales. Es así como hay coincidencia de que el «estado moderno» surgió entre los siglos XV y XVI (en especial con la Paz de Westfalia) bajo distintas formas de reinado (en particular en Europa). Este proceso fue respaldado por la burguesía que, a través de distintas revoluciones (industrial, burguesa, liberal…), fue configurando desde finales del siglo XVIII los estados nacionales que conocemos hoy en día.

Zygmunt Bauman, en su libro «La Sociedad Sitiada» (FCE, España, 2004), plantea que el estado nación surgió de los descendientes republicanos de los Imperios Sacros que se encontraban en decadencia y descomposición, y se separaron de sus respectivas Iglesias. Allí emergió la alianza de la «joven nación» con el «incipiente estado». El Estado colaboraba secundando las ambiciones de integración, asimilación y represión que la Nación le planteaba. La fe religiosa era un asunto privado que no concernía al soberano político, pero luego el Estado “toma a la Nación como compañera y esposa”, proclamando que la función del estado soberano y el deber cívico de sus sujetos debía ser la promoción del “patriotismo”. De ahí el carácter o dimensión «religiosa» del nacionalismo, con sus distintas manifestaciones sociales, económicas y políticas según el país y el momento.

Según Ernest Renan la nación es un futuro en común. Por ello la «potencia» que tienen planteos independentistas, como el de una parte significativa de la sociedad de Cataluña (ojalá se puedan seguir cursos de acción como lo propuesto en este video). El pensamiento de Renan se relaciona con el de Lord Acton (crítico del nacionalismo). Sobre la cuestión de «¿cuando se justifica la independencia? es interesante la reflexión de Mario Bunge.

El marxismo, si bien plantea el internacionalismo proletario, también discute la «cuestión nacional» en sus orígenes, y más recientemente en consignas como las de Fidel de «patria o muerte«. Por lo tanto vemos que es una cuestión contemporánea muy relevante.

Pasar de lo individual o personal a lo familiar y grupal, y de ahí a lo local y nacional, forma parte de nuestra historia singular y es bueno valorizarlo. Ahora ¿como «seres humanos» y vinculado a la frase de la imagen de la entrada (de Séneca) podremos tener un «proyecto en común» que incluya, pero vaya más allá, de lo nacional hacia lo «universal»? Seguramente, y la historia lo demuestra, es difícil y complejo articular «lo particular» con «lo común» y «asir lo universal«. Pero ¿la «evolución humana» se agota en nuestro «pedazo de territorio»? Con la información que tenemos hoy sobre el cosmos, ¿podemos ser tan «parroquianos»? ¿la fraternidad o la amistad social no se proyecta? ¿no «trasciende estos límites estrechos»? Las respuestas las tenemos nosotros.

PD: una versión actualizada de la noción de patriotismo se puede visualizar en el discurso de Donald Trump en la ONU el 25/9/2018. También es interesante este artículo de John Carlin, donde hace referencia a la palabra inglesa Jingoism: significa, según el diccionario, “patriotismo extremo, agresivo”.

De la Libertad Negativa a la Positiva

Entre los anhelos y deseos fundamentales del ser humano está la libertad. El intelectual Isaiah Berlin, que pusimos en la imagen de la entrada, distinguió a la libertad negativa de la positiva. La primera se caracteriza porque nada ni nadie restrinja la libertad del individuo, mientras que la segunda es la facultad de tomar decisiones que conduzcan a la acción. La acción puede ser la autorealización personal, co-crear con otros o realizar acciones solidarias, pero también -advierte Berlin- puede conducir al totalitarismo en tanto no respete la libertad de los demás.

En primera instancia vamos a intentar profundizar un poco más en el concepto de libertad negativa. Si bien es bueno que nada ni nadie restrinja mi libertad, también es cierto que puede esconder una concepción individualista y defensiva frente a terceros, si todo empieza y termina en una libertad «negativa». Tal vez esta fue la concepción de la cultura sueca a partir de los años 70 (vinculada con el manifiesto político en 1972: La familia del futuro: una política socialista para la familia), según este link.  En el mismo se menciona el film ««La teoría sueca del amor  donde se presenta aquel ambicioso manifiesto elaborado en el gobierno de Olof Palme y en el que se apostaba por despegarse de las estructuras familiares anticuadas y buscar la independencia, “el valor más sueco de todos”. “Había llegado el momento de liberar a la mujer del hombre, liberar a la gente mayor de sus hijos, liberar a los adolescentes de sus padres elaborando un manifiesto La familia del futuro”, dice el narrador de la película. La idea era que ningún adulto dependiera económicamente de ningún familiar. “El principio es muy simple: cada individuo debe sentirse como un ente autónomo y no como un apéndice de su cuidador. Y para lograrlo hace falta crear las condiciones económicas y sociales. Y a partir de ahora solo las relaciones auténticas nos mantendrían unidos”. La nota termina diciendo: «La nueva vida del doctor Erichssen, un cirujano sueco hoy en un hospital de campaña en Etiopía – “aquí he encontrado un sentido a la vida”-, y las palabras del célebre sociólogo polaco Zygmunt Bauman terminan, finalmente, por despejar la clave de la verdadera felicidad. “Los suecos han perdido las habilidades de la socialización. Al final de la independencia no está la felicidad, está el vacío de la vida, la insignificancia de la vida y un aburrimiento absolutamente inimaginable”.

Más allá de los aspectos culturales (en las distintas sociedades) y de los vínculos humanos más íntimos, están todos los enfoques filosóficos, políticos y socioeconómicos.  Allí estarán -por ejemplo Hobbes- que justificarán la creación de un estado que garantice esta libertad negativa («de hombres lobos del hombre») y ciertas posiciones de liberalismo extremo o de anarcocapitalismo, que plantean -entre otras cosas- que pagar impuestos es un «robo» (incluso sostienen que la defensa y la seguridad pueden ser proporcionadas por empresas privadas).

En el marco de los que tienen un concepto de libertad negativa están los anarquistas individualistas (y dentro de ellos, aunque no sólo, los anarcocapitalistas ya mencionados). En cambio los anarquistas societarios o socialistas consideran la libertad individual como conceptualmente relacionada con la igualdad y juegan la libertad positiva en la comunidad y la ayuda mutua. Según fuentes como la Wikipedia, valoran la libre asociación de personas y la convivencia y la cooperación en comunidades libres, e incluyen  (pero no está limitado) al expresiones como el anarcocolectivismo, el anarcocomunismo, el anarcosindicalismo, la ecología social (municipalizo libertario) y la economía participativa.

Algunos anarquistas -como Bakunin y Malatesta- justificaron en alguna oportunidad (como «defensiva»)  la violencia, mientras otros -como Tolstoi (que se lo ha visualizado como una forma de anarquismo cristiano) han sostenido la «no violencia». Si bien el anarquismo tiene raíces antiguas, tomó fuerza con la modernidad y continúa en grupos reducidos hasta nuestros días.

Más allá del liberalismo extremo y de las variantes del anarquismo como expresiones «radicales» de la libertad, desearíamos enfatizar a la libertad positiva vinculada con otros valores y como una posibilidad deseable de co-crear, co-construir, cuidar y generar vínculos de solidaridad y empatía compasiva, que nos permitan construir una amistad social (por lo tanto que no apele a la violencia o a la coerción) y poder así converger a un mundo mejor