Una de las características del ser humano es la posibilidad de anticiparse a los acontecimientos. Ello lo puede hacer tanto para obtener una oportunidad individual -muchas veces centrada en lo económico- como para evitar males del pasado o generar lo que estima serían bienes (“lo bueno” en en un sentido amplio) del futuro. Otra posibilidad es actuar sobre las consecuencias, y en la mayoría de los casos cuando es demasiado tarde, acotar o tratar de paliar el daño y -muy pocas veces- remediar. En esta nota, Norberto Abdala, expresa que “el ser humano es el único animal que ha desarrollado la capacidad de imaginar el futuro, lo cual le permite planificar, organizar y encarar mejor determinadas situaciones y/o deseos personales. Por lo tanto, esta capacidad de anticipación tiene un potente efecto motivacional. Para el psicólogo canadiense Albert Bandura (1925), “los pensamientos anticipatorios que no exceden los límites de la realidad tienen un valor funcional porque motivan el desarrollo de competencias y de planes de acción”. En consecuencia, la función psicológica de la anticipación es parte de una acción operacional en el presente, que induce las conductas y las emociones pertinentes para lograr un determinado fin posterior. De igual manera, la anticipación ante riesgos y peligros reales protege y permite prepararse de la mejor manera posible para afrontarlos y activa al cuerpo y a la mente para responder bien ante todo aquello que comprometa la seguridad y la supervivencia”.

Durante el año 2018 esperamos poder desarrollar en esta sección algunas reflexiones y preguntas sobre lo que sería una actitud y un hacer del cuidado personal y social, en una perspectiva de prevención o actuación “ex-ante”, que nos pueda conducir a un mundo mejor. Ello no obsta a que se escriban notas en otras secciones como esta que trata la prevención en consumos problemáticos, y las políticas públicas relacionadas.