¿Economias Desequilibradas y Enfermas?

09 Ene ¿Economias Desequilibradas y Enfermas?

La idea de equilibrio viene desde la antigüedad, y es aquella condición de la materia (o de un cuerpo) que le permite ser estable con respecto a las fuerzas con las que interactúa en el espacio donde se encuentra. Toma características específicas en la economía clásica, luego es formalizado en la economía neoclásica como teoría del equilibrio general por León Walras. En cuanto al concepto de equilibrio, hoy sabemos que -según autores como Ilya Prigogine– es una situación muy particular, y lo que predomina dinámicamente es el desequilibrio y el caos (como “n” situaciones).

Coincidiremos que la desarmonía y el desequilibrio en la relación entre personas, sectores, regiones o países no es deseable y es fuente de conflictos, muchas veces violentos. Toma, en general la forma de desigualdad y por lo tanto de injusticia. Si el enfoque es reparar estas injusticias se requiere jugar la libertad positiva en acciones afirmativas o re-equilibradoras. En esta reflexión haremos referencia a un caso particular vinculado al título de la nota, con especial enfoque al caso argentino.

Relacionado con lo que venimos de mencionar, esta temática ha tenido múltiples aplicaciones en economía, como es el caso de las “estructuras productivas desequilibradas” (EPD) que desarrollara particularmente el ingeniero, empresario y economista argentino Marcelo Diamand. Ha escrito numerosas publicaciones y libros, y en un acto en su honor del 8/7/2011 se presentó el libro “Ensayos en Honor de Marcelo Diamand” por parte de sus compiladores (Pablo Ignacio Chena, Norberto Eduardo Crovetto y Demián Tupac Panigo) donde se sintetiza, comenta y actualiza su análisis de manera muy rigurosa y precisa en cuanto a sus principales aportes.

No nos es posible sintetizar 349 páginas del libro mencionado, pero glosando algunos capítulos, podemos afirmar que “la EPD es una forma específica de heterogeneidad estructural. De acuerdo con este punto de vista específico, Argentina muestra un desequilibrio estructural entre la productividad del sector primario exportador y la productividad industrial (Diamand, 1986). La opción por la industrialización implica precios industriales superiores a los precios internacionales. Sin embargo, el tipo de cambio se basó en los costos del sector primario, que por razones naturales (fertilidad, etc.) es el más productivo”.  Más adelante en el Capítulo 4 se dice que “en tal contexto, con base en el tipo de cambio “pampeano” (hoy se trataría de un tipo de cambio “sojero-financiero”, ver Curia, 2008), cuando se traducen en dólares, los precios industriales resultan superiores a los internacionales. Enseguida Diamand aclara un gran malentendido. Distintos analistas han tendido a explicar la carencia de exportaciones industriales y los más altos precios fabriles como resultante de una presunta “ineficiencia” del sector industrial. En verdad, la industria no es que no exporta por ser “ineficiente” sino porque no puede competir con la productividad “natural” del agro, del mismo modo que “los altos precios industriales en Venezuela se deben a la incapacidad de la industria local de competir con el petróleo venezolano y los altos precios industriales chilenos a su incapacidad de competir con el cobre chileno” (Diamand, 1972: 9). ¿Por qué el tipo de cambio se fija en base al sector primario? Este es el tipo de cambio “natural” al momento de lanzarse la industrialización. Las exportaciones argentinas son exportaciones agropecuarias (no hay otras). Por ende la paridad cambiaría refleja este hecho. Sin embargo, el problema persiste: ¿por qué una vez iniciada la industrialización, cuando ya existe un incipiente sector industrial, el tipo de cambio no se fija en niveles “pro-exportaciones industriales”?”

En el centro de las propuestas de Diamand para resolver la EPD estará la fijación de tipos de cambios múltiples a través de derechos de exportación favoreciendo las exportaciones industriales, junto a una política de sustitución de importaciones, y otros instrumentos de política. En el capítulo 10, página 159 del libro mencionado, Jorge Remes Lenicov explica que “los derechos de exportación no están prohibidos y respetan lo establecido por GATT/OMC en 1994. Esto explica porque son aplicados por algunos países desarrollados (Canadá, Noruega y Nueva Zelandia) y muchos países en desarrollo (Indonesia, China, Rusia, India), básicamente para los productos agrícolas y pesqueros”.

Tener en cuenta lo anterior conlleva a “salir del péndulo de Diamand” de la historia económica argentina, entender -desde un punto de vista racional- la complejidad sistémica de una estructura productiva heterogénea como la Argentina (Capítulo 3, del libro mencionado) donde sus características hacen que el sector más productivo sea a la vez el proveedor de bienes salario en el mercado interno (a diferencia de Bolivia y otros países donde la minería es preponderante) por lo que el valor en dólares y el tipo de cambio sean cruciales para los precios internos (y por lo tanto en el nivel de inflación). El problema, según nuestro entender, fue que la instauración de derechos de exportación luego de la salida de la convertibilidad (como en otros momentos de la historia argentina) tenían “lógica” dado el gran salto devaluatorio que implicó su salida, pero luego se utilizó de manera discrecional y abusiva que tuvo un momento crítico con el conflicto de la llamada “Resolución 125” y su rechazo en el Congreso. Además de este tema puntual ha habido mucho debate sobre como afrontar esta problemática y hay análisis críticos de este enfoque como el que hizo Santiago Chelala.

El fenómeno de la EPD tiene similitudes, aunque no es lo mismo, con la denominada “enfermedad holandesa” (imagen de la entrada, a la que se le dio ese nombre por el impacto que tuvo la generación de riqueza y gran entrada de dólares por el descubrimiento en el año 1959 y explotación por parte de Holanda de yacimientos de petróleo en el Mar del Norte) o “maldición de los recursos naturales” que hemos comentado en otra entrada. Esto es mencionado en el libro de referencia (en la Introducción, por Aldo Ferrer y Jorge Remes Lenicov) planteando su carácter pasajero como “enfermedad” y la diferencia si afecta a países desarrollados o en vía de desarrollo. También es mencionado por Joseph Stiglitz, en un articulo de 2005 (“Making natural resources into a blessing rather than a curse”. En Schiffrin, A., y Svetlana Tsalik, A. (Eds). Covering Oil: A Reporter’s Guide to Energy and Development. New York: Open Society Institute) donde propone cambiar el enfoque de “maldición” por el de “bendición” en la medida que se instrumenten un conjunto de políticas económicas que él sugiere (por ejemplo crear fondos de estabilización como hicieron Noruega y otros países).

Como síntesis, y teniendo como trasfondo el caso argentino, nos animamos a decir:

  • la enfermedad holandesa, o los fenómenos descriptos por ese nombre, son reales y deben ser tenidos muy en cuenta, en especial si se desarrollan de manera significativa -por ejemplo- recursos asociados al yacimiento de Vaca Muerta o si el valor de los granos de soja se incrementan significativamente en el mercado internacional,
  • la estructura económica económica desequilibrada se da en muchos países, y entre ellos -de manera particular- en la Argentina. Ha sido muy analizada por Marcelo Diamand y colaboradores, tal como se especificó más arriba. Es fundamental tenerlo muy presente tanto a nivel de diagnóstico (en sus implicancias productivas y distributivas) como de propuestas de política económica.
  • En cuanto a las propuestas de política económica, los derechos de exportación tienen una larga tradición en Argentina hasta la actualidad. Lamentablemente la extracción de una renta excesiva al sector agropecuario durante el ex IAPI (que Perón revisó conceptualmente en 1973) hasta las políticas llevadas a cabo por Guillermo Moreno durante el gobierno de Nestor y Cristina Kirchner, tuvieron como resultado no sólo la “no inversión” (como el caso del sector energético) sino también la desinversión (como el caso de la liquidación de vientres del sector ganadero) por citar sólo dos ejemplos. Cuando fue (o se visualizó) como excesiva o expropiatoria tuvo efectos muy indeseables para la economía.
  • En el marco de lo anterior es difícil un debate desapasionado en la Argentina sobre la temática de las retenciones. Sería deseable que el esquema que rige a comienzos de 2018 con un nivel bajo de retenciones para la soja de la pampa húmeda y reintegros para la que se produce en economías regionales (por mayores costos), al menos, pudiera mantenerse (en tanto hubiera altos precios internacionales). Se debería concertar con el sector agropecuario, el industrial y otros sectores productivos, así como en el Congreso, criterios claros una política a largo plazo sobre esta temática sin caer en posturas maximalistas o dogmáticas, y por lo tanto inviables económica y políticamente.
  • Recursos como los que se vienen de mencionar de estos derechos de exportación remanentes y diversos impuestos que generan mayor ingreso fiscal aportado por el campo, en una parte significativa deberían ser asignados a fomentar el trabajo posible y la industria posible como, por ejemplo, darle valor agregado a los alimentos con escala no sólo para el mercado interno sino también para la exportación a países como China e India. Más allá de hacer más eficientes y mucho menos costosa la logística, deben evaluarse distintos tipos de incentivos clásicos (como degravaciones impositivas, créditos subsidiados) y no clásicos como incentivos a la inversión que tienen países como Arabia Saudita, otros como que el Estado (a través de organismos como la Agencia Argentina de Inversiones y Comercio Internacional o el CFI) realice estudios de mercado -a disposición de los inversores- y de competitividad de sectores y regiones, el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva colabore con sus instrumentos a su alcance, etc.
  • Más allá del debate sobre el proteccionismo, el atraso o no del tipo de cambio -en el marco de una libre flotación “sucia”, endeudamiento externo y alto déficit fiscal- deberían implementarse medidas adecuadas en el mercado interno -como las que señalamos en una nota anterior– en particular para los sectores populares, achicando significativamente la intermediación, generando escala de producción, competencia y distribución de alimentos nutritivos y de bajo costo, así como la autoproducción local (en particular de verduras y algunas frutas), y en los casos más extremos -como los de indigencia y pobreza- subsidiando a la demanda (por ejemplo deduciendo impuestos a los alimentos a las familias que reciben la AUH).

entre otras medidas.

Ojalá se pueda incluir en los consensos básicos de políticas de estado de desarrollo productivo esta realidad planteada por Diamand, o una eventual enfermedad holandesa por un desarrollo exitoso del yacimiento de Vaca Muerta, sin mezquindades, dogmatismos, racionalidad y teniendo conciencia que es para bien de todos.

PD: Agradezco los comentarios de Jorge Remes Lenicov respecto del desafío que conlleva incluir a los servicios exportables y la economía digital (como fenómenos nuevos respecto del planteo original de Diamand) y que los reintegros para las economias regionales tienen un limite: solo pueden existir para cubrir los impuestos indirectos. Si fueran superiores se convierten en un subsidio y eso no está permitido por la OMC.

 

2 Comentarios
  • Jorge LUCANGELI
    Posted at 12:25h, 12 abril Responder

    Sin desmerecer la contribución de Marcelo Diamand a comprender la “estructura productiva desequilibrada” (EPD) de la economía argentina ha habido varios economistas argentinos que han destacado este rasgo estructural de la economía argentina. Por citar a alguno de ellos, Adolfo Canitrot ha realizado importantes aportes en esa cuestión.
    La estructura dual de la economía argentina refiere a que hay un sector “eficiente y competitivo” (agro) y otro ineficiente y no competitivo (industria).
    La eficiencia del sector agropecuario ha permitido que el “excedente agrícola” (apropiado de diferentes maneras) haya contribuido a financiar el desarrollo industrial. Si bien es un tema para desarrollarlo en otro ámbito (por la restricción de espacio), los diferentes niveles de competitividad requieren tipos de cambio distintos. Pero, históricamente, la protección del sector industrial se realizó a través de los aranceles o restricción cuantitativas.
    Si bien con tipos de cambio diferenciados, es hora de desmontar los mecanismos de protección de la industria y forzarla a competir. En algún momento debe dejar de ser una industria infante y comportarse como un individuo maduro

    • Ricardo Gerardi
      Posted at 14:47h, 12 abril Responder

      Muchas gracias Jorge por tu interesante comentario.
      Un abrazo. Ricardo

Publicar un comentario